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Club de los Lunes: empieza la semana cocinando la semana entera.
Cada mes, cursos nuevos. Nunca la misma receta dos veces.
Dirigido por Mar Orozco, chef y formadora de MasterChef Celebrity.
Grupos reducidos. Manos a la obra desde el minuto uno.
agosto 19, 2026

Todo empezó con una palabra: cocinar

Hay sueños que aparecen de repente y otros que, cuando por fin se cumplen, te hacen darte cuenta de que llevaban toda la vida contigo.

Mi relación con la cocina empezó mucho antes de que supiera que algún día se convertiría en mi profesión. Empezó siendo muy pequeña, en la cocina de casa, al lado de mi madre y de mis abuelas.

Me recuerdo liando croquetas con mi madre. Recuerdo a mi abuela María Luisa preparando torrijas y a mi abuela Rosalía haciendo membrillo y gazpacho con los productos de nuestro propio huerto. Entonces no sabía nada de técnicas, de tiempos, de organización ni de producto. Simplemente me encantaba estar allí.

Y creo que, sin saberlo, allí empezó todo.

Cuando sabes que te falta algo

Mi camino profesional, sin embargo, comenzó lejos de los fogones. Estudié Publicidad y Relaciones Públicas y durante años trabajé en marketing y experiencia de cliente.

Era feliz. Me gustaba mi trabajo y había construido una buena carrera, pero sentía que me faltaba algo. Por mucho que intentara ignorarlo, había una sensación que volvía una y otra vez: aquello no terminaba de formar parte de mí.

Mientras tanto, cocinaba constantemente. Entraba una y otra vez en la web de Le Cordon Bleu, miraba sus programas, imaginaba cómo sería estudiar allí… Incluso había montado en casa un pequeño “negocio” de tartas decoradas.

Hasta que un día llegó una pregunta que lo cambió todo.

Estaba sentada en la playa con un amigo, contándole precisamente esa sensación. Le decía que necesitaba un cambio de rumbo, aunque no sabía muy bien hacia dónde.

Él me preguntó:

—¿Qué es lo que realmente quieres?

Y mi respuesta fue inmediata:

—Cocinar.

Una sola palabra.

Pero aquella palabra marcó el cambio de rumbo de mi vida.

Tenía 29 años y, por supuesto, me daba miedo. Cambiar una profesión estable por algo completamente diferente no parecía precisamente la decisión más cómoda. Pero había algo que me daba todavía más miedo: no seguir mi instinto y preguntarme algún día qué habría pasado si lo hubiera hecho.

Así que decidí intentarlo.

Lo primero fue contárselo a mis padres y a mi hermana. Me apoyaron desde el primer momento, sin pensarlo. Tengo una familia fantástica y sé que sin ellos no estaría hoy donde estoy.

Empezar de nuevo

Después llegaron los años de formación y aprendizaje. Le Cordon Bleu, las cocinas profesionales, los restaurantes, los servicios, las horas de trabajo…

Y descubrí que dedicarte profesionalmente a aquello que amas también significa trabajar muchísimo.

Aquellos años me enseñaron disciplina. Me enseñaron a levantarme cuando algo salía mal, a ser constante, a trabajar aunque estuviera cansada y, sobre todo, a confiar en mi instinto.

Aprendí algo que desde entonces intento no olvidar: cuando siento de verdad que debo hacer algo, no debo dejar que el miedo me frene.

Con el tiempo empecé a trabajar como chef privada, entrando en las casas de mis clientes para cocinar para ellos. Y allí surgió de manera completamente natural otra parte de mi profesión que hoy es fundamental para mí: enseñar.

Mientras cocinaba veía cómo los clientes se acercaban, preguntaban, querían saber por qué hacía una cosa de determinada manera, cómo conseguía una textura o cuál era el truco detrás de una elaboración.

Y a mí me encantaba explicarlo.

Así que pensé: ¿por qué no enseñarles a cocinar?

Las clases fueron creciendo, llegaron nuevos alumnos, empresas, marcas, showcookings y proyectos cada vez más diferentes. También llegó MasterChef Celebrity y la oportunidad de formar a algunos de sus concursantes. Recuerdo especialmente la primera clase que di a Miki Nadal: un formato completamente diferente a todo lo que había hecho hasta entonces y otro pequeño paso en un camino que se iba construyendo casi sin darme cuenta.

El espacio que imaginaba

Desde que empecé a dedicarme profesionalmente a la cocina tuve un sueño: tener algún día mi propio espacio.

Pero no imaginaba únicamente una escuela de cocina.

Soñaba con un lugar polivalente donde pudiera reunir todo lo que había ido construyendo durante estos años. Una gran cocina en la que impartir cursos, hacer showcookings y presentaciones para marcas. Un espacio para recibir empresas y organizar experiencias. Una cocina de producción desde la que preparar mis servicios como chef.

Un lugar que fuera realmente mío.

Y hay algo especialmente bonito en toda esta historia.

Hace aproximadamente cinco años visité el espacio en el que hoy está Cocinar. Entonces era otra escuela de cocina.

Recuerdo recorrerlo y pensar:

“Ojalá algún día pueda tener un espacio como este.”

Cinco años después, su anterior propietario me llamó para contarme que lo dejaba.

Esta vez no tuve ninguna duda.

Tiene que ser para mí.

Y un día, el sueño está delante de ti

Llegar hasta aquí no ha sido fácil.

Han sido años de muchísimo trabajo, de esfuerzo físico, de ir de casa en casa cargando material, de impartir clases en espacios alquilados, de adaptarme, solucionar problemas y seguir adelante.

Ha habido cansancio, incertidumbre y momentos difíciles.

Pero también ha habido un aprendizaje continuo.

Y ha merecido la pena.

Porque ahora hay días en los que estoy sola en Cocinar, miro a mi alrededor y todavía tengo que hacer un pequeño esfuerzo para creerme que ya está.

Que he llegado.

Que este espacio con el que soñaba es mío.

Y entonces simplemente doy las gracias.

Aprender. Compartir. Disfrutar.

Ahora empieza una nueva etapa.

Quiero poner toda mi esencia en Cocinar y construirlo alrededor de tres palabras que resumen muy bien cómo entiendo no solo la cocina, sino también la vida.

Aprender.
Tener siempre la humildad suficiente para recordar que, por mucho que sepamos, todos los días podemos aprender algo nuevo.

Compartir.
Ser generosos con lo que tenemos. Con nuestros conocimientos, con nuestro tiempo, con nuestros recursos y con todo aquello que puede ayudar o hacer feliz a otra persona.

Disfrutar.
Agradecer la vida disfrutándola. Porque cada día es un regalo y no quiero desperdiciarlo.

Hoy me siento una verdadera afortunada.

Afortunada por mi familia, mi marido, mi gran compañero de vida, por las personas que me han acompañado durante todos estos años, por cada alumno, cada cliente y cada proyecto que me ha permitido llegar hasta aquí.

Y profundamente agradecida a Dios por todo lo que he conseguido.

Mi manera de dar las gracias ahora será seguir trabajando, aprendiendo y esforzándome cada día. Pero, sobre todo, intentar que cada persona que cruce la puerta de Cocinar se lleve un poquito de todo lo que este proyecto significa para mí.

Quiero hacerlo con una sonrisa, con generosidad y poniendo mucho amor en lo que hago.

Y quiero hacerlo de la manera más bonita que conozco:

cocinando.

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